Miércoles de la trigésima semana del tiempo ordinario
Carta de San Pablo a los Romanos 8,26-30.
Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina.
Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio.
En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos;
y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.
Salmo 13(12),4-5.6.
¡Señor, Dios mío, mírame y respóndeme!
Ilumina mis ojos para que no me duerma con los muertos,
y no diga mi enemigo que acabó conmigo,
ni mis adversarios se alegren al verme vacilar.
En cuanto a mí, confío en tu bondad;
conoceré la alegría de tu salvación
y cantaré al Señor que me ha tratado bien.

